lunes, 25 de noviembre de 2013

FANTASMA EN LA FISCALIA DE CARABINEROS - PREFECTURA DE LLANQUIHUE

UN "ESCRIBIENTE FANTASMA" ESPANTA AL “TARZÁN GAJARDO”

Agradecemos a Raúl Gajardo Leopold, quien en su peculiar estilo, directo y muy “chileno” siempre ha sido solícitó, constante  y generoso en ofrecernos sus experiencias y reportajes de la zona sur del país. Incluso cuando él mismo ha sido el protagonista, como veremos a continuación:

“En el año 1966, yo me desempeñaba como Teniente de Carabineros, con el cargo de Secretario de la Fiscalía de Carabineros de esos tiempos – Tribunal Militar – y muchas noches, para trabajar en paz y silencio, me quedaba en la oficina hasta las dos o tres de la madrugada,  ubicada en el antiguo edificio de la Prefectura de Llanquihue, en calle Urmeneta 777, Puerto Montt, ahora ya inexistente. Era la forma de concretar más fácilmente los procesos. Por otra parte, en esos años yo era un decidido gimnasta en levantamiento de pesas, práctico que me acompañó desde los 15 años. Tenía, por tanto, una fuerza considerable, llegando a levantar 140 a 150 kilos. No por nada me apodaban “el Tarzán Gajardo”. Sin petulancia, y esa estructura aun la conservo, aunque ya deteriorada… lamentablemente. Y eso es lógico.

Y así, una madrugada de verano, a eso de las 02:15 horas, me encontró en la oficina, sacándole chispas a mi máquina de escribir. De pronto, escuché al otro lado del  amplio hall central, que en la oficina del frente, distante unos 6 metros, el tecleo de otra máquina, con su correspondiente ruido de cambio de línea. Pensé que era el Teniente de Intendencia  - Contador – Jorge Montero, que también a veces se quedaba laborando hasta tarde. Como éste oficial era bueno para contar chistes, di por finalizada mi jornada. Apagué el cigarro, apagué la luz y cerré la puerta, tras estirarme perezosamente. Quedé en el hall, pero en completo silencio y oscuridad. La oficina de enfrente a oscuras. Acostumbrado a ese ambiente, avancé directo a esa oficina, pensando que me estaba haciendo una broma. Llegué inmediatamente a la puerta y pude tocar un gran candado cerrado. Me pregunté, cómo Montero hizo eso, y giré a mi derecha para dirigirme a mi dormitorio en el segundo piso, donde se accedía por una corta escala con un descanso. Todo esto, repito, en completa oscuridad.

No bien terminé de girar, cuando sentí la fuerte presión de algo poderoso que me inmovilizó ambos brazos y el tronco. Fue como el abrazo del oso por detrás, Eran como dos tenazas poderosas, que me impidió cualquier movimiento. Este ha sido el instante en que he sufrido el mayor terror en mi vida. Ni antes ni después he experimentado ese pánico, a pesar de  las muchas situaciones de peligro por las que tuve que pasar en el desempeño de mis funciones policiales. Ni aun enfrentando armas blancas ni de fuego o puños o pies. Por eso recuerdo tan vívidamente segundo a segundo lo ocurrido, y que a pesar del dilatado paso de estos años, aun lo siento en la piel y me estremezco.

En ningún momento miré hacia atrás. Sólo quería huir. La silenciosa oscuridad plena era lo único que existía. En otro segundo, escuché algo así como un soplido o suspiro detrás de mí oreja derecha. En medio del terror, atiné a dar fuertes tirones con la parte alta del cuerpo, para zafarme. Sólo el cuarto intento logré desprenderme de aquello. Tenía los pelos erizados desde la nuca hasta la zona sacra. Herencia atávica, me contaron después, así reaccionaba al miedo el hombre prehistórico, igual que la atracción de ver las llamas en una chimenea.

De dos o tres largas zancadas llegué al inicio de la escalera que subí en el aire, resbalé y caí por el ímpetu en el descanso y tras levantarse aceleradamente prácticamente salté al hall del segundo piso, donde estaban los dormitorios de los otros Oficiales. Corrí hacia la pieza, de un golpe abrí la puerta que estaba sin llave y de otro golpe la cerré jadeante. El corazón se me escapaba y respiraba fuerte, como bufando. Encendí la luz y ya más calmado, fui a la pieza del Teniente Montero Iriarte, comprobando que dormía. Lo desperté y encendí la luz y vi que tenía la cara  sudorosa y colorada. A gritos aun le increpé por lo que yo creía que era una broma, pero me contestó que él se había acostado como a las 20:00 horas, porque estaba medio resfriado. Me calmé, pero corroboré que lo ocurrido caía fuera de lo normal, la madrugada me sorprendió aun despierto. No pude conciliar el sueño, más aun con la luz central y del velador encendidas…Cogí un libro, pero no me pude concentrar en la lectura. Conté miles de veces las tablas blancas del cielo raso y miles más las de las paredes… y así pasaron las horas. Hasta el amanecer.

Al ir a cumplir mis funciones, pasé por la Oficina de Partes, les narré lo ocurrido y los funcionarios estuvieron acordes de que se trataba “ de una penadura” de un funcionario escribiente que años atrás se suicidó en esa oficina, agregando que ellos también habían sido testigos de hechos paranormales y fuera de toda lógica, como el tecleo de las máquinas, el golpe de un libro, sobre un escritorio no habiendo nadie, posición inclinada de cuadros, etc.

Ese mismo día comenté la experiencia anormal al resto de los Oficiales a la hora de almuerzo y varios se descompusieron, reconociendo que también habían experimentado hechos raros, cuando llegaban de noche y cruzaban el hall de la planta baja en dirección hacia sus dormitorios. Pero se cuidaron muy bien de no dar demasiados detalles… para no provocar risas ni mofas. Eso es cuestión de carácter y de personalidad.

Más de 20 años después, ya en retiro, en la pantalla de Televisión Nacional de Chile, en un programa sobre hechos paranormales, vi al especialistas en estos temas, el señor Andrés Barros Pérez – Cotapos, de gran prestigio internacional, quien pidió que las personas que hayan tenido o experimentado esta clase de hechos que se comunicaran con él, Lo hice con un reporte similar a éste. Salió en pantalla y además, el señor Barros, que a la postre se convirtió en un amigo epistolar  me regaló dos libros de su autoría, publicó el informe en "El Mercurio" de Valparaíso.

Un detalle que me quedó entre líneas, es que, al momento de la ocurrencia de lo relatado, el aire se heló notablemente. Hasta ser dramático. También, he de reconocer que portaba mi revolver de cargo fiscal a la cintura, pero que en ningún momento  traté de sacarlo para defenderme de lo que fuera. Es más: estimo que con el pavor, no atiné a nada más que huir de “aquello”. No tuve tiempo para nada”

Fuente: Archivos del IIEE de Chile
Fuente original: Raúl Gajardo Leopold


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